La habitación estaba sumida en penumbra. Apenas una lámpara encendida en la esquina proyectaba una luz cálida sobre las cortinas de lino, ondeantes por la brisa suave que entraba desde el balcón. Fuera, la luna colgaba pesada sobre los viñedos, y todo parecía suspendido en un suspiro largo e interminable.
Svetlana estaba recostada de lado, sus piernas entrelazadas con las sábanas blancas, su cabello suelto cayendo en ondas doradas, sobre la almohada. A su lado, Dante yacía con un brazo bajo la