El puerto clandestino estaba sumido en la penumbra. Solo el vaivén de las aguas contra los muelles y el sonido distante de una bocina rompían el silencio espeso de la noche. Un grupo de hombres vestidos de negro descendió de un barco de carga sin nombre, moviéndose con precisión quirúrgica. No hubo palabras, solo miradas y gestos ensayados. Maletines intercambiaban manos, sobres gruesos pasaban de un bolsillo a otro. Un hombre alto, de facciones afiladas, sacó un fajo de billetes y se lo entreg