La noche se cirnió sobre la villa Bellandi como un manto pesado y opresivo. Afuera, el viento ululaba a través de los jardines, sacudiendo los árboles con furia contenida.
Svetlana estaba recostada en la cama, envuelta en sábanas de lino suave, su cuerpo aún débil, pero su mente en constante alerta. A unos metros, Dante estaba sentado en un sillón de cuero oscuro, con la cena frente a él, cortando la carne con la precisión meticulosa de un hombre que no dejaba nada al azar.
—¿Por qué no mencion