La tarde se deslizó como una promesa sobre la villa Bellandi; la luz dorada tocaba las copas de los olivos y convertía en latón las hojas de los limoneros. Desde la ventana del despacho, Dante contemplaba ese mapa suyo: las casitas del servicio alineadas con pulcritud, los jardineros doblados en la tierra como si araran memoria, las vallas bien tensas que marcaban el perímetro, el gran teatro que había mandado construir para Svetlana alzándose, solemne, y, más allá, el mar expandiéndose en una