Dante se incorporó despacio del sillón donde había estado con Svetlana, que acunaba a la pequeña Erika sobre su pecho. El cambio en su expresión fue inmediato: los músculos tensos, la mandíbula apretada, los ojos oscurecidos por una sospecha que jamás se equivocaba.
—Dámelo —ordenó.
El silencio se hizo en la estancia. Svetlana lo siguió con la mirada, inquieta, percibiendo en su tono esa sombra que solo aparecía cuando algo muy serio se avecinaba.
Dante colocó la caja sobre la mesa de caoba. Er