La mañana en Calabria amaneció con la voz apagada de la casa. Donde antes reía la multitud, ahora quedaba un eco lento: la cuna quejarse apenas, pasos calculados en pasillos que ya no llevaban a Dante. El gran salón, esa maquinaria de mármol y terciopelo donde tantas veces se habían cerrado tratos con la misma naturalidad con la que se bebía un whisky, olía a papel y a café frío. Fuera, los limoneros mecían la mañana con languidez; adentro, la villa parecía un animal que estaba aguantando la re