El silencio era espeso, como el aire antes de una tormenta, aunque ya no quedaba nada por destruir.
Svetlana se sentó en el borde del sofá con las rodillas juntas, los pies descalzos sobre el mármol frío. Las yemas de sus dedos rozaban el tapizado desgarrado como si aquello pudiera ayudarla a entender qué demonios acababa de suceder. Frente a ella, el lugar parecía el escenario de una tragedia: jarrones de porcelana hechos trizas, las cortinas rasgadas colgando como jirones de una piel antigua,