El silencio en el búnker era engañoso. No se oían disparos. No había explosiones. Y sin embargo, el aire pesaba como si en cada molécula se filtrara el eco de una tragedia inminente.
Mirella estaba sentada junto a la camilla, sosteniendo con ambas manos la de Dante. Su rostro, sin lágrimas, era el retrato mismo de la contención. Se había negado a separarse de él desde que entraron allí. Él estaba sedado. Svetlan lo pidió. Lo exigió. Porque no quería que Dante, en su estado, sintiera la sombra d