La sala de control improvisada no era lujosa, ni espaciosa, pero vibraba con una tensión casi eléctrica. Mapas extendidos, cables cruzados, pantallas encendidas que mostraban diferentes ángulos de la propiedad. Todo se sentía como un campo de guerra moderno y contenido, donde los segundos pesaban más que las palabras.
Ásgeir fue el primero en hablar, apenas entrando con el rostro endurecido, las mangas arremangadas hasta los codos, el auricular táctico aún zumbando con estática militar.
—Tengo