La brisa matutina agitaba las hojas de los árboles, arrastrando consigo el aroma a jazmín y tierra húmeda. El sol apenas se filtraba entre las copas de los olivos, proyectando sombras sobre el césped meticulosamente cuidado. Svetlana estaba sentada en un banco de piedra, con los brazos rodeando sus piernas, el mentón apoyado sobre sus rodillas. Sus ojos azules, gélidos como el invierno ruso, se perdían en el horizonte, donde la línea del cielo se fundía con la inmensidad de la propiedad que, pa