Dos días completos transcurrieron. Tiempo en el que Dante Bellandi se sumergió en sus asuntos, en reuniones interminables, en negociaciones que exigían su atención, en decisiones que no podían esperar. No había ido a ver a Svetlana ni una sola vez. No la había buscado, no había solicitado su presencia. Su mente estaba atrapada en el torbellino que representaba Enzo, su hermano. Un niño. Un problema. Una amenaza.
No tenía ánimos para enfrentarse a nadie más. Y mucho menos a ella.
Por eso, cuando