Un pitido rítmico marcaba el tiempo, insistente, como el corazón de un animal herido.
Parpadeó. Dos veces.
Luego una tercera, más lenta.
La garganta le ardía como si hubiese tragado fuego. El pecho le dolía al intentar incorporarse. Su cuerpo, aún pesado, reaccionaba como si llevase siglos dormido. Pero estaba vivo. Un zumbido punzante le taladró el oído izquierdo, y sintió la lengua pastosa, seca.
Miró alrededor.
No había caras conocidas.
Solo el murmullo de un monitor cardíaco, y la sombra de