La puerta se cerró tras ella con un golpe seco. El bar respiraba a media luz, envuelto en el humo denso de los cigarros y el hedor penetrante del licor de mala calidad. Era un lugar diseñado para criminales que creían tener clase, pero no suficiente para entrar en la élite. Una amalgama de cuero barato, maderas oscuras y luces ámbar que parpadeaban como los ojos de una criatura nocturna.
Las paredes estaban decoradas con cabezas disecadas de lobos y zorros. Las mesas, de roble manchado, exhibían