El rugido de los motores aún resonaba en la entrada de la villa cuando Dante descendió del auto con pasos decididos y furiosos. El sol agonizaba en el horizonte, tiñendo el cielo de Aspromonte con tonos de fuego y sangre. La brisa de la tarde agitaba las copas de los cipreses, y el canto lejano de los grillos comenzaba a llenar el aire con su monótono murmullo. Pero Dante no escuchaba nada. Su cabeza era un torbellino de pensamientos oscuros, su pulso golpeaba con violencia en sus sienes, y su