El reloj marcaba las siete de la tarde cuando Svetlana se dejó caer en el sillón junto a la ventana de su habitación. Afuera, el sol se desangraba en tonos ámbar sobre los viñedos, tiñendo la propiedad con un resplandor dorado y efímero. Sobre la mesa recién traída, una variedad de platillos humeantes esperaban ser tocados, pero ella no tenía apetito.
Miró la comida con desdén, empujando con un dedo una aceituna que rodó hasta el borde del plato. No entendía cómo podía sentirse tan conflictuada.