El avión tocó tierra con un suave crujido de neumáticos sobre asfalto. El cielo estaba cubierto, las nubes grises parecían lamer el fuselaje como augurando tormenta.
No hubo controles.
No hubo funcionarios.
El andén privado pertenecía a un hombre que le debía a Dante mucho más que dinero.
Los vehículos ya esperaban.
Negros, blindados, sin placas.
Cuatro en total, y una moto que servía como escolta final.
Svetlana fue la última en bajar.
No llevaba joyas. Solo un abrigo oscuro, gafas negras y el