El reloj marcaba las once de la mañana cuando los pasos resonaron en el largo corredor que llevaba a la biblioteca. Una sala amplia, de paredes forradas en madera oscura y estanterías que parecían custodiar secretos centenarios. Una chimenea apagada, un gran ventanal abierto al bosque de Como, y al centro, la mesa. La mesa de las decisiones. La que ahora pertenecía a Dante Bellandi.
Allí estaba él. De pie. Apoyado contra el borde de la mesa, con una camisa negra remangada hasta los codos y la m