La mañana caía como una promesa rota sobre los campos húmedos de Como. Niebla espesa, olor a tierra mojada, y el chillido lejano de unos cuervos sobrevolando las copas de los árboles. Svetlana estaba de pie en el claro detrás de la casa, con el cabello recogido en una coleta firme y los brazos tensos por la anticipación. Vestía ropa de entrenamiento, negra, ajustada, funcional. Sus ojos estaban fijos al frente, clavados como cuchillas. Pero su respiración delataba que… aún sentía miedo.
No mied