El silencio seguía colgado de las paredes como una tela vieja que nadie se atrevía a quitar. Dante subió lentamente los escalones hacia su habitación, cruzando los pasillos que conocía mejor que su propia piel. No había urgencia en sus pasos, pero sí una resolución en la mirada, como si cada paso fuese un punto final en una carta que llevaba años escribiendo.
Al llegar al cuarto, todo estaba en penumbra. La cama intacta. Las cortinas apenas ondeando con la brisa de la madrugada. Y su celular, a