La ciudad aún dormía bajo una sábana gris y húmeda cuando Luca Versano llegó a la comisaría central. Eran pasadas las cinco de la mañana, pero el cielo seguía igual de oscuro que su ánimo. Aparcó él mismo, como siempre, con los nudillos marcados en el volante y la mandíbula endurecida. No encendió la radio en todo el camino. El silencio le dolía menos que la voz de su conciencia.
Al bajar del vehículo, sintió ese extraño peso que se forma entre los omóplatos cuando sabes que te están esperando…