Svetlana no despertó de golpe. Fue más bien un retorno lento, torpe, como si estuviera nadando hacia la superficie de un lago congelado. Primero vino el peso: el de su cuerpo, el de su pecho. Luego, el dolor. No uno agudo, sino un ardor extendido, bajo el vientre, como si su carne hubiera sido rasgada y vuelta a coser con hilos demasiado finos.
Sus párpados temblaron antes de abrirse. Todo estaba borroso. Se sintió ahogada por una debilidad nueva, una que no venía del cuerpo, sino del alma. Y c