La sala de espera olía a desinfectante y el silencio era abrumador. Las paredes eran de un blanco impersonal, interrumpidas solo por un par de cuadros de paisajes marinos que parecían más tristes que serenos. Eran las 10:47 de la noche, pero Dante no tenía conciencia del tiempo. El reloj en la pared podía estar detenido y él no se habría dado cuenta. No había comido. Tenía los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos, los ojos fijos en el suelo impoluto, como si allí pudiese en