El frío de la mañana la despertó. Svetlana abrió los ojos lentamente, sintiendo la pesadez en sus párpados. Durante unos segundos, su mente flotó en una nebulosa de confusión, desorientada por la penumbra de la habitación y el leve aroma amaderado que impregnaba las sábanas. Miró el techo y su corazón dio un vuelco. Lo reconoció de inmediato. Era la habitación de Dante.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando giró la cabeza y lo vio a su lado, dormido, su respiración profunda y acompasada.