La noche caía como un telón de plomo sobre el asfalto agrietado del aeropuerto privado. Las luces de las pistas parpadeaban como luciérnagas eléctricas, distorsionadas por la llovizna fina que comenzaba a caer, dándole al ambiente un aire de película de guerra.
El convoy irrumpió en el perímetro a toda velocidad. Cuatro camionetas blindadas, negras, con vidrios ahumados y placas falsas, avanzaban como un enjambre sincronizado. Dante iba en la delantera, sosteniendo aún a Svetlana contra su pech