El jet tocó suavemente la pista del aeropuerto privado en Calabria, con el sonido de las turbinas apagándose lentamente como un susurro que quedaba suspendido en el aire. No hubo celebraciones, no hubo fuegos artificiales, solo el crujir de las ruedas al frenar y la silenciosa llegada de un hombre que se creía muerto.
Dante Bellandi no necesitaba que el mundo supiera que había regresado. El silencio era su aliado, su mejor arma en ese instante. El aire fresco de Calabria lo recibió, pero él no