—¡Suéltame, maldito loco! —gritó ella, con la voz desgarrada de terror y rabia.
Y entonces, con la precisión del pánico, le dio un rodillazo directo entre las pelotas.
El golpe fue brutal.
Nikolai dejó escapar un alarido, cayendo de rodillas, sus manos volando instintivamente a su entrepierna, y el rostro torcido en una mueca de dolor agónico.
Svetlana no esperó.
Corrió.
Corrió como si su vida dependiera de ello, que de hecho, dependía.
Sus pies descalzos golpeaban el mármol, resbalaban en las