Betty rompió en llanto, desolada, mientras Rafael intentaba explicarse, sin encontrar palabras.
Y Dayana, satisfecha, solo se reclinó en la silla, que ella misma había provocado.
El silencio en la mesa era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
Rafael intentaba hablar, pero Betty no dejaba de llorar.
—¡Eso no es cierto! —gritó él, poniéndose de pie—. ¡No sé de dónde sacas esas mentiras, Dayana!
—Oh, vamos —replicó ella con sarcasmo—. Todos lo sabían menos nosotros, al parecer. Qué cu