—¡Papi! —Daniela se apartó con rapidez, no solo había sido el grito de los niños, sino como si las palabras de Víctor la hubiesen quemado. Lo empujó con fuerza, pero él apenas retrocedió un paso, mientras sus ojos se mantenían fijos en los suyos, intensos, provocadores.
—Estás loco —espetó ella, bajando la voz para no alertar a los mellizos.
Entonces Víctor sonrió con descaro, cruzando los brazos frente a ella.
—No más que tú por dejarme hacer esto —susurró él, y Daniela supo que estaba juga