Daniela bajó tambaleándose del aparato, con las piernas aun temblando, las mejillas ardientes y los dedos crispados. Su cuerpo temblaba un poco, y se sentía tan caliente como si tuviera fiebre.
Entretanto, Víctor caminaba a su lado, erguido, con una sonrisa ladina que aún tenía vestigios del poder que acababa de ejercer.
—¡Estás enfermo! —espetó ella con la voz ahogada.
—Si lo estoy —susurró él, acercándose a su oído mientras la ayudaba a caminar—. Y no me quiero curar.
Ella lo empujó con torpe