Daniela se dejó caer en su silla, hundió los dedos en su cabello y cerró los ojos. Sentía el cuerpo jodido, saturado de tensión y excitación, una mezcla venenosa que no sabía cuánto tiempo podría seguir soportando.
Víctor le revolvía todo.
La rabia, la necesidad, el deseo. Y lo peor, el orgullo. No iba a ser la débil, no otra vez. Si quería acostarse con él, no lo reprimiría. Pero tampoco lo dejaría creer que significaba algo.
Como al principio.
El sonido de la puerta la sacó de sus pensamiento