Melissa no recordaba la última vez en que se sintió tan despierta. El primer día con Gianni había sido agotador y vertiginoso, pero también adictivo. Lo que más la sorprendía era lo natural que le resultaba moverse entre bocetos, telas, discusiones de campañas y proyecciones de estilo. No sabía si era la emoción o el café que una de las asistentes le ofrecía cada dos horas, pero su energía parecía no tener límite.
De hecho, no había dejado de sonreír desde que Bruno la dejó en aquella sala con