Melissa llegó al jardín con el alma en carne viva. La conversación que acababa de escuchar entre Stefano y Elena seguía vibrando en su interior como un tambor sordo. Se sentía fuera de lugar, como si sus pasos retumbaran sobre un escenario ajeno, mientras la brisa nocturna le acariciaba el rostro y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el canto lejano de unos grillos.
Bruno estaba apoyado contra una columna de piedra, conversando con Lorenzo, Laura y Giovanni. Tenía las mangas de la