—Hazlo —La voz de Leandro era extremadamente fría y baja.
—Está bien —Tomás sacó de su pequeña caja una serie de herramientas y trató de desinfectar lo mejor que pudo.
Yael miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor, conduciendo el coche con mucha suavidad, como si estuviera en una carretera plana.
Tomás, sin anestesia, cosió más de diez puntos en la herida de Leandro. Cada vez que la aguja entraba, sentía un escalofrío de miedo. Sin duda, debía doler muchísimo.
Sin embargo, Leandro no emi