Trescientos sesenta y ocho meses después. Ese invierno en Cantolira era especialmente frío y de larga duración.
Incluso con la primavera cercana, no se podía detener el frío. Ese día había nevado; el viento del norte soplaba con fuerza, levantando las hojas caídas del suelo, revoloteando.
Leandro estaba parado junto a la ventana de su oficina, mirando afuera con la mente perdida. Todo continuaba igual. Excepto ella...
Tres años y ocho meses completos. Más de mil noches y días, ella había desapar