—¿Han encontrado a Luna? Deben haberla encontrado, ¿verdad? ¿Dónde está ahora? ¿También está en este hospital? ¡Tengo que ir a verla! —Leandro casi apretaba con fuerza suficiente como para romper el pulso de Yael, su voz impregnada de miedo. Mientras hablaba, Leandro intentaba bajar de la cama.
—Lo siento, señor Muñoz, no, aún no la hemos encontrado —balbuceó Yael.
—¡Han pasado tres días! ¡¿Cómo es posible que aún no la hayan encontrado?! ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Ve y búscala! —El rostro de Le