A las cinco de la madrugada, Leandro abrió violentamente los ojos. Antes, en medio de sueños, sintió su cerebro pesado y sus párpados muy pesados.
Era el efecto del sedante. Estaba seguro, había tomado sedantes antes; esa era la sensación. A pesar de dormir profundamente, despertaba temprano.
Sacudió la cabeza; su mente no estaba del todo despejada, pero recordaba vagamente lo de anoche.
Al pensar en el comportamiento audaz de Luna y su iniciativa, lo que le brindó un placer extremo, se sintió i