(NARRADO POR KEELEN)
Las horas en la sala de espera se habían convertido en una tortura de palabras afiladas. Artemises y yo compartíamos el mismo espacio físico, pero nos separaba un abismo de resentimiento. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, el aire se cargaba de una ironía sangrienta.
—¿Aún aquí, Keelen? —soltó Artemises, acomodándose en su silla con una elegancia que contrastaba con mis ropas sucias—. Me sorprende tu resistencia. Pensé que a estas alturas ya estarías buscando a algun