(NARRADO POR KEELEN)
La puerta de la UCI se deslizó con un siseo metálico. Artemises salió con los ojos rojos y el alma agotada. Al verme allí, todavía plantado como una estatua frente al cristal, se detuvo. Sus hombros cayeron, no por rendición, sino por un cansancio que superaba su odio.
—¿Por qué sigues aquí, Keelen? —preguntó con una voz que era apenas un hilo—. Te lo he dicho todo. Te he golpeado. Tu hermano te ha repudiado. Tu padre seguramente ya sabe que has cavado tu propia tumba profes