(NARRADO POR KEELEN)
El reloj marca las 4:30 de la mañana. El silencio en la suite es sepulcral, roto solo por la respiración acompasada de Eira a mi lado. Me apoyo en un codo, observándola bajo la luz mortecina de la luna que se filtra por el ventanal. Se ve tan pequeña, tan frágil y, al mismo tiempo, tan malditamente poderosa sobre mí. Tiene el cabello castaño enredado sobre la almohada de seda y una de mis camisas de lino —la misma que profanó con su audacia— apenas cubre sus curvas.
Extien