El reloj digital sobre la mesa de noche marcaba las 3:14 AM. El silencio en la suite era absoluto, roto únicamente por el rítmico vaivén de las olas del Egeo y el sonido, mucho más carnal, de nuestros cuerpos chocando en la penumbra. Keelen estaba sobre mí, sus manos grandes ancladas en mis caderas, moviéndose con una parsimonia cruel que me tenía al borde del delirio. Cada embestida era profunda, lenta, una reclamación silenciosa que hacía que mis dedos se hundieran en las sábanas de seda, bus