La oficina de mi padre, Artemises Novak, era un santuario de cuero envejecido, trofeos de caza y el persistente aroma a puros cubanos. Keelen estaba sentado frente a él, con una pierna cruzada sobre la otra y una expresión de serenidad imperturbable que me asombraba. Yo estaba en un rincón, fingiendo organizar unas carpetas de la empresa de mi padre, pero mis oídos estaban fijos en cada palabra.
Artemises sirvió dos copas de un coñac ámbar y le entregó una a Keelen con una sonrisa de afecto fra