El hangar privado del aeropuerto de Elogsui zumbaba con el sonido de las turbinas preparándose para el vuelo. El aire olía a combustible y a esa libertad peligrosa que solo el viaje prometía. Mi padre, Artemises Novak, estaba allí de pie, impecable con su traje gris, rodeándome los hombros con un brazo protector mientras Keelen terminaba de supervisar la carga del equipaje con los operarios.
—Aún no puedo creer que mi niña se vaya dos semanas a las ruinas —dijo mi padre, apretándome con cariño—