El silencio que siguió a la partida del Decano y Draco era tan denso que podía cortarse con un bisturí. Keelen me sujetaba del cabello con una fuerza que no llegaba a ser dolorosa, pero que me recordaba exactamente quién tenía el control en esa habitación. Me sacó de debajo del escritorio con un movimiento fluido y me sentó sobre la madera pulida, entre la montaña de documentos y pasaportes que ahora parecían irrelevantes.
Se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos. Sus ojos grises, aún