El pasillo que llevaba al aula magna estaba inusualmente vacío. Me detuve frente a mi casillero para sacar el libro de Historia del Arte, pero antes de que pudiera cerrarlo, una mano se apoyó con fuerza sobre la puerta metálica, obligándome a retroceder.
—Tenemos que hablar, Eira —la voz de Draco sonaba cargada de una arrogancia renovada, esa que usaba cuando quería reafirmar su poder.
—No tenemos nada de qué hablar, Draco. Quítate —dije, tratando de empujarlo, pero él no se movió. Se inclinó s