.110.

—¿Qué dijiste?

—La vi. Hablé con ella. Me contó todo. —Rose sintió un nudo en la garganta, pero se obligó a continuar—. Fuiste tú quien planeó mi desaparición, ¿cierto?

Adela no dijo nada.

El silencio entre ambas se volvió espeso, cortante como el filo de la tijera en su mano.

—¿Por qué? —preguntó Rose, la voz temblorosa—. ¿Por qué una madre haría eso?

Adela bajó la mirada, como si el peso de las palabras la hubiera aplastado de repente. Sus dedos aferraron el tallo de la rosa con tal fuerza qu
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