La puerta de la habitación estaba cerrada. Ella golpeó suavemente y desde adentro se escuchó la voz algo apagada de Mateo.
—Lárgate.
Viviana se sobresaltó, pero aún sin rendirse dijo:
—Mateo, soy Viviana, ¿puedo entrar a verte?
Su voz era suave y tranquila. Sin embargo, Mateo estaba sentado en el sofá con el rostro sombrío, un cigarrillo entre los labios, rodeado por una atmósfera tensa. Su mirada se posaba en la ventana, observando la figura de Mariana alejándose sin vacilar. No obtuvo respues