La segadora
Ella se endereza ligeramente, el desafío aún presente en sus ojos.
— ¿Y por qué debería hacer eso? Hago lo que quiero.
Esta provocación me electriza, pero me mantengo impasible, mi voz adquiriendo un tono más oscuro.
— Porque yo lo decido. Porque soy el que te lleva aquí, y quiero que seas mía, solo mía.
Cada palabra que pronuncio está cargada de esa necesidad insaciable de reclamarla, de hacerla la única mujer que deseo. Un silencio pesado se instala entre nosotros, saturado de insinuaciones. Sus labios se entreabren, pero ninguna palabra sale, como si intentara digerir mis palabras.
La miro fijamente, una mezcla de determinación y posesión en la mirada.
— Sé que esto puede parecerte extraño, pero la forma en que te miro ha cambiado. Y no puedo aceptar que estés con otro hombre.
Ella entreabre la boca, lista para replicar, pero la interrumpo de manera brusca.
— Escúchame bien. Eres una mujer deseada, pero debes entender que en este juego no hay lugar para otros ho