La segadora
Ella se endereza ligeramente, el desafío aún presente en sus ojos.
— ¿Y por qué debería hacer eso? Hago lo que quiero.
Esta provocación me electriza, pero me mantengo impasible, mi voz adquiriendo un tono más oscuro.
— Porque yo lo decido. Porque soy el que te lleva aquí, y quiero que seas mía, solo mía.
Cada palabra que pronuncio está cargada de esa necesidad insaciable de reclamarla, de hacerla la única mujer que deseo. Un silencio pesado se instala entre nosotros, saturado de