La Segadora
Me levanto de un salto. El cuero de mi silla protesta. Mi escritorio se vuelve demasiado estrecho para contener lo que me habita.
Esta necesidad. Este fuego.
Este deseo de poseerla hasta el vértigo.
Anna.
Ella está en todas partes. En cada rincón de mis pensamientos, en cada respiración.
Y este pensamiento de que otro podría rozar su piel, recoger lo que yo ansío... me arranca de mí mismo.
Cruzo el casino como una bestia que nunca han logrado domar.
La luz, las risas, los vasos que chocan. No veo nada. Solo la siento a ella.
Y entonces la localizo.
Silueta ágil. Cabello recogido apresuradamente.
Sonríe. A otro.
Un cliente, quizás.
No importa.
Veo rojo.
Me acerco. Lento. Como si cada paso me retuviera de cometer una locura.
— Anna.
Ella se da la vuelta. Sorprendida.
Sus ojos me buscan. Me encuentran.
— ¿Señor? dice, con voz suave, pero con un brillo desafiante.
Agarro su brazo. No bruscamente. Firmemente.
Ella tiembla apenas.
— Ven.
No responde. Obedece.