— ¡No tengo nada que hablar contigo!, ¡No me interesa lo que tengas que decir! —
— Korina… te lo pido, escúchame, aunque sea una vez —
— ¡Dije que no!, ¡Vete! —
Las voces, que habían comenzado bajas, ya eran un murmullo fuerte que se filtraba por las paredes. En la recepción, Teresa frunció el ceño al escuchar los gritos. Las demás fisioterapeutas se agruparon cerca, confundidas, mientras las clientas se miraban entre sí, inquietas, preguntándose qué estaba ocurriendo en aquel salón que solía ser un refugio de calma.
El ambiente estaba a punto de estallar.
— Korina, quiero que seas sensata y me dejes conversar contigo — Dijo Don Darío, con voz grave.
— ¡Que no!, No quiero, y no tengo nada que hablar contigo. Me voy —
— Odio cuando te pones tan testaruda — Murmuró entre dientes.
De pronto la tomó de la mano, la jaló con fuerza hacia él y, en un solo movimiento, la alzó sobre su hombro. Ella pataleó furiosa, golpeándole la espalda con los puños, mientras él sonreía con una calma