— ¡No tengo nada que hablar contigo!, ¡No me interesa lo que tengas que decir! —
— Korina… te lo pido, escúchame, aunque sea una vez —
— ¡Dije que no!, ¡Vete! —
Las voces, que habían comenzado bajas, ya eran un murmullo fuerte que se filtraba por las paredes. En la recepción, Teresa frunció el ceño al escuchar los gritos. Las demás fisioterapeutas se agruparon cerca, confundidas, mientras las clientas se miraban entre sí, inquietas, preguntándose qué estaba ocurriendo en aquel salón que solía