— ¡Don Darío!. Me ha traído a una casa en medio de la nada, solo hay árboles, creo que en una montaña… —
[ Hija… lo lamento, y espero que no te enojes conmigo, pero yo le dije que hablaran, que arreglaran su relación… ]
— ¿Cuál relación?, ¡Yo no quiero estar con él, ni lo quiero cerca de nosotras! —
[ Hija, no te mientas, y… ]
El corazón de Korina estalló en un rugido de furia. Colgó y, con un grito ahogado, lanzó el celular contra el suelo. El aparato rebotó y quedó destrozado, un símbolo perfecto de la fractura con su madre… y con todos los que parecían conspirar para devolverla a los brazos de un hombre que ya no quería.
A lo lejos, Don Darío observaba en silencio. Jamás la había visto así: Encendida de rabia, incapaz de escuchar siquiera a Doña Maritza, cuando antes al menos trataba de contenerse. Ahora era otra mujer, una que no temía romper, gritar y desafiarlo de frente.
Ella, exhausta, se dejó caer en el sillón. Con los ojos vidriosos, se llevó una mano a la frente. No ll